No hay nadie. Está sola. Sola en la habitación, sola en la relación, sola en el trabajo, sola en la vida, en su mundo.
Las ventanas están abiertas y el sol salpica parte de la cama y el escritorio. El agua del jarrón se siente sola e inútil sin tener flores a las que hidratar.
Enciende el equipo de música y las notas comienzan a sonar. Cierra los ojos y suspira. Todavía puede oír el tráfico del exterior y la tensa conversación que mantienen sus vecinos.
Sube el volumen y empieza a contonearse. Se despoja de la toalla que le cubre y sonríe. Los movimientos se perfilan y se sube sobre la cama. Da pequeños saltos e ignora la mirada del vecino curioso que la observa desde el balcón mientras disimula recogiendo unas toallas del tendedero.
Cada vez coge más impulso y, aunque siente que el corazón está a punto de estallar, ríe a carcajadas. Ya no está sola y nunca lo estará.





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