Sentía tal quemazón en la garganta que deseaba gritar hasta romper sus cuerdas vocales. Y, sin embargo, el grito quedaba ahogado antes de ser parido. Un no-nato que lloraba por dentro, en silencio.
Los pensamientos se agolpaban en el lado izquierdo de su sien, provocándole un pequeño tic en el ojo. La rabia paraliza su cuerpo. Como antaño, como cuando las heridas se lamían sin salpicar y el veneno se chupaba, pero no se escupía y, por lo tanto, regresaba al torrente sanguíneo, igual de peligroso y quizás, más amargo.
Mirada congelada y pupilas cristalizadas en un punto fijo. Daba igual dónde: una nube, la sombra proyectada en la pared de las ramas del olivo, una lagartija. Más tarde, en las luces a los lados de la carretera que pasaban a la misma velocidad que sus emociones y recuerdos.
Una canción sonando en la radio. Un nudo nace en el estómago, sube hasta la garganta y se disuelve en lágrima reprimida con la sal justa para escocer. La Culpa regresa y lo hace agarrada de la mano del Miedo al Juicio. Una pareja indisoluble a lo largo de su vida.





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