Siento que he fallado.
Fallé en el pasado y sigo fallando ahora por el hecho de pensar que fallé.
Anoche acaricié «La Cicatriz», rugosa y blanquecina. Tiene un tacto amargo que mezcla libertad y pérdida. Yo fui quien clavó el cuchillo con el que abrí mis carnes. Otros se encargaron de echar la sal en ellas. Y lo permití. Fallé en el pecado cometido y en el silencio posterior.
Un silencio que consiguió enmudecer el dolor. El mismo que hoy me recuerda que no por el hecho de callar sea mudo. Ahora le ha dado por hablar: primero en un susurro que, poco a poco, se ha convertido en vociferio.
Quizá debería haberle permitido gritar en su momento.
Quizá.
Quizá ahora no tendría nada que contar, nada que reprochar.
Quizá.
Me fallé y me condené a romper las cadenas. Eslabones imposibles de reensamblar, pero que siguen presentes. Rotos y presentes en cada puntada invisible de «La Cicatriz». Presentes en cada mirada esquiva, en cada ilusión decapitada, en cada expectativa no cumplida.
Querido Diario, una y mil veces más volvería a fallar.
Una y mil veces apuñalaría la culpa, los miedos, el qué dirán, la compañía insignificante, aunque su fantasma me atormete cada cierto tiempo con su vestimenta favorita: «La Cicatriz»
Imagen de wal_172619 en Pixabay





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