Podía pasar horas sentada en esa silla, observando a través del visillo amarillento por el polvo y los años. Su piel, tan arrugada como el corazón, ya no sentía nada. Se quedó anclada en otro tiempo, cuando todavía era lozana y cantaba cada mañana. Ahora la casa siempre estaba en silencio y ni si quiera... Leer más →




