Michel y Bones no eran conocidos precisamente por sus conversaciones. No eran parlanchines sino más bien distantes y retraidos. No obstante a ambos les gustaba disfrutar de conversaciones durante la hora del almuerzo como si al notar sus panzas llenas se movilizaran sus lenguas y anhelasen sentir el sonido de las palabras.
—Pues he oido que esta fue una de las personas más influyentes de la ciudad, Margarita creo que se llamaba —dijo Michel con los carrillos llenos—. Muchos la temían y otros tantos la admiraban.
Bones asintió y continuó masticando. Un trozo de carne se le quedó pegado en la mejilla izquierda y fue resbalando hasta caer al suelo provocando una risotada de su compañero:
—¡Joder, Bones, seguro que a ti no te hubiese invitado a ninguna de sus fiestas! — masculló — Dicen que eran apoteósicas, la gente se pegaba por ir. Qué raro que nadie viniese a despedirla, ni sus hijos. Solo vino una nieta, oi como murmuraba toda clase de improperios hacia ella… Creo que estaba furiosa, aunque también aprecié un poco de tristeza en sus ojos. Te vas a ahogar, Bones, deja de tragar y cuéntame que tal la tuya.
Bones se limpió la boca con la punta de su lengua:
—Pues la mía, no sé, creo que no era nadie, nadie importante al menos. Trabajaba en un colegio, de limpiadora —dijo intentando hacer memoria —. No pude oir mucho más, la verdad. Vinieron muchísimas personas a su despedida. Todas tristes, pero con gestos tranquilos, afables. Parecía que ya la echaban de menos, sobre todo sus dos hijas y sus nietos. Creo que la querían, mucho diría yo.
Michel torció el gesto e hizo la pregunta que de verdad le interesaba. Comenzaba a sentirse estafado:
—Y ¿qué tal está?
—Está… —Bones se hizo el interesante sabedor de que nuevamente había escogido bien — Está buenísima, Michel, yo diría que exquisita.
El gusano Michel salió del tímpano casi roído de Margarita y gritó escupiendo pedazos con cada sílaba:
—¡Joder con los malditos humanos!, ¡Se supone que la mía debería saber mejor! ¡Es de alta cuna! Mierda, y yo he pagado el doble por el almuerzo.
El gusano Bones no podía parar de reír. La limpiadora le había costado mucho menos y de momento todos sus órganos estaban resultado una verdadera explosión de sabores.
—Nunca aprenderás, compañero. Aquí todos son iguales…





Muy bueno!! Giro argumental, diálogo ameno y una moraleja final. Este relato lo tiene todo!! Besacos, Sadire 🙂
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Para que me pones colorada jiijiii
Bueno, va sigue si quieres😄😄
Jajaa, besacos, Lidia!!!
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Ya lo decía Mecano: No es serio este cementerio.
Ah… la muerte, esa gran niveladora 😀
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La incógnita que nos queda es ¿quién se encarga de bautizar gusanos? Porque con el de Bones te has quedado bastante a gusto.
Mola tu literatura de gusanos, todo un soplo de aire muerto dentro del género.
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Ya sabía yo que Bones os iba a molar…jijii
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