Llueve

Llueve.

La cornisa amortigua las gotas de lluvia, pero mis pies, en el bordillo de la acera, comienzan a empaparse.

Se ha formado un pequeño charco. Me inclino y observo mi reflejo, distorsionado por las ondas que se forman alrededor de cada gota.

Me reconozco. El mechón que cae sobre mi frente y que oculta parte de la nariz y el ojo izquierdo, no consigue disimular las ojeras. Soy yo, no hay duda.

Llueve.

No sobre mí, sino dentro. Mi corazón está empapado, agotado y triste.

Llueve.

Remuevo con el dedo el charco y difumino mi rostro. Un relámpago ilumina el cielo y le sigue un estertóreo trueno.

No, ese no va a ser el sonido de la agonía, al menos para mí.

Llueve y me pongo en pie.

Llueve y chapoteo.

Llueve.

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